jueves, 26 de mayo de 2016

Control de precios derrumba la producción agrícola

Con la firma del periodista, José Luis Camellón, el periódico Escambray, órgano oficial del Partido Comunista de Cuba, publica este jueves 26 de mayo, un artículo titulado "Nuevos precios para los productos agrícolas:no siempre juega la lista con el billete".

Un excelente artículo periodístico, que deja a un lado la rutina desinformativa de la prensa oficialista, y aborda las consecuencias -dentro del marco de lo posible-, de la fracasada política de control de precios a los productos agropecuarios que dictó la dictadura comunista de Cuba en días pasados.

Fue imposible copiar el texto para reproducirlo en este sitio, pero El Timbeke comparte el sitio digital de Escambray, donde los lectores pueden leer esa información.

http://www.escambray.cu/2016/brechas-en-la-comida-fotos/

En cualquier caso, le dejamos con algunas fotos de los campos espirituanos de las que ilustran el reportaje.
sancti spiritus, alimentos precios, comercializacion de productos agricolas, acopio
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miércoles, 18 de mayo de 2016

miércoles, 11 de mayo de 2016

Fin del viaje o cambio de ruta?

Continuando con el propósito de difundir el debate que se genera en diferentes sitios del espacio cibernético dentro de Cuba, El Timbeke reproduce hoy este comentario titulado "Hasta aquí llegamos", suscrito por Juan Orlando Pérez y publicado en el blog El Estornudo.

Si quiere saber más sobre el autor, sus datos personales están al final del comentario, en sus propias palabras. 


Algunos todavía creen, con la misma plácida inocencia con que los niños creen en los cuentos de hadas, los adolescentes en el amor y una resonante mayoría de los hombres y las mujeres en su derecho a la felicidad, que Cuba va a cambiar, y pronto, y tanto, que no va a ser muy diferente vivir allí de vivir en Ecuador o Panamá. Pero Cuba no puede cambiar, porque los cubanos, por mucho que se quejen de su infortunio y bisbiseen su deseo de vivir más holgadamente y entre dientes maldigan con saña a los que los gobiernan, aún no saben, después de tanto tiempo tratando de averiguarlo, lo que quieren ser.
A muchos, aunque a lo mejor no la mayoría, no les disgustaría que Cuba fuera como Ecuador y quedarían aún más complacidos si fuera casi tan próspera como Panamá. A otros, que quizás ya no llegan a la mitad y uno más, les parecería preferible que la isla se hundiera en el Caribe a ecuatorializarla, o al menos eso es lo que dicen, tronitonantes, cuando toman la palabra en un congreso del Partido Comunista o en la Asamblea Nacional, o cuando los entrevistan en la televisión, sin temor de ofender a los países, casi todos los que existen, cuyos modo de vida y organización política ellos no prefieren a la muerte.

Los demás, que tal vez duplican en número a los otros dos grupos rigurosamente sumados, solo quieren, en principio, comer más, esperar menos tiempo la guagua y que el techo de su casa no les caiga encima la próxima vez que llueva, o se lo lleve hasta la Florida un huracán en vez de llevárselos a ellos. Estos bienaventurados, sin embargo, se contentarían, y mucho, si los otros dos grupos se callaran de una vez y se resignaran a aceptar lo que ellos hace mucho han aceptado sin excesiva, inconveniente tristeza, que Cuba no pasa por una fase excepcional, no padece las furiosas consecuencias de un error o un crimen, que podrían ser, aunque costosamente, enmendadas, sino que lo que es ahora, es lo que debe ser, lo que Cuba es más genuinamente, lo que los cubanos se han buscado, lo que se merecen, y todo lo que van por siempre a ser. No Ecuador, no Panamá, ni siquiera Miami, sino, definitivamente, ellos mismos como son ahora.

La derecha política de Cuba, que restaña sus magulladuras y su sangrante impaciencia cada domingo, sabe en qué querría convertir al país, aunque no sepa, después de sesenta años considerando el asunto, cómo convencer a suficientes cubanos de que semejante cambio traería tantos y tan rápidos beneficios que los más hondos sacrificios de cada uno y de todos para obtenerlo estarían justificados. Lo que la derecha propone es abrumadoramente sencillo, su estridente mediocridad es atractiva, ser como los demás. No tiene encanto copiar a otros, sobre todo copiar  a Panamá en vez de a Noruega, pero tampoco se corre el riesgo con ese plan tan desangelado de llegar a un sitio completamente distinto del que se quería en el principio, como le pasó a Cuba en 1959. La derecha cubana ha estado tan dedicada a denunciar la contundente ilegitimidad de los dueños del país, que apenas ha considerado qué haría con él, si de repente le cae en las manos, para poder gobernarlo aunque sea un año antes de que reviente de desengaño y se vuelva crónicamente ingobernable.

Algunos grupos han avanzado borradores muy rudimentarios de una nueva república con unos pocos restos de la actual, salud y educación públicas, garantías para los ocupantes actuales de casas y tierras expropiadas, pero ni siquiera estos bien intencionados pueden explicar cómo, cuando el estado sea radicalmente contraído, podría continuar sosteniendo los extensos derechos y servicios a los que los cubanos están firmemente acostumbrados, y mucho menos, qué hacer para que Cuba primero se desenrede del sinsentido actual, luego sobreviva el caos casi inevitable de la transición, y entonces comience a crecer sin que la prosperidad, si llega, fracture de nuevo al país, lo divida aún más ásperamente de lo que estaba cuando Fulgencio Batista dio su grotesco cuartelazo.

El propósito de la izquierda debería ser responder esa resbaladiza pregunta, cómo obtener, en las groseramente adversas circunstancias de Cuba, que el país crezca en forma continua, justa, proporcional y sostenible, que no salga solo la minoría de esta catástrofe, y que no pierda la mayoría lo poco bueno que tiene. Fidel Castro y su corte nunca adivinaron la respuesta a esa pregunta tremebunda, y después de un tiempo, cuando vieron, quizás con asombro, que los cubanos se habían acostumbrado pacíficamente a vivir con solo lo imprescindible, agua, sol y un mendrugo de pan cada día, dejaron de pensar en ello, aunque pretendan todavía seguir haciéndolo.

La izquierda cubana que sobrevivirá a Fidel y Raúl Castro tendrá que realizar una frondosa introspección para encontrar una respuesta tal vez solo medianamente satisfactoria a este acertijo, y luego buscar un Demóstenes que convenza al país de que este nuevo experimento tendrá mejor conclusión que el anterior y es más tentador que el plan de la derecha de evitar más experimentos basados en la sabiduría de filósofos alemanes del siglo en que fueron inventados el telégrafo y el ferrocarril. Por maltrecha y frustrada que esté, y por mucho que les duelan a sus adalides los verdugones que aparecen en sus cuerpos tras cada encuentro semanal con la policía, la derecha cubana está en bastante mejor forma y tiene más posibilidades de gobernar Cuba cuando no lo haga más el gobierno actual, que sus futuros rivales de la izquierda poscastrista, que ni siquiera tienen verdugones de que ufanarse frente a la prensa extranjera.

Los curiosos sucesos de las últimas semanas han hecho más tortuosa y empinada la ruta de la izquierda cubana después del castrismo. Barack Obama ha intentado liberar a la derecha cubana de su más pesada desventaja, su gran falta política y moral, su asociación directa y no disimulada con un poder extranjero decidido a forzar por cualquier medio la caída de un gobierno de amplísima mayoría popular. El gobierno cubano ya no comanda una mayoría, salvo la de los que lo desprecian, y Obama hizo en La Habana todo lo que pudo para probar que tiene más fe en la creciente, arrasadora influencia de cien mil o un millón de papitos peluqueros, que en la posibilidad de que Antonio Rodiles sea Presidente de Cuba antes del final de la década, que es, si se mira bien, lo mejor que le pudo pasar a Rodiles, aunque él haga como que no se da cuenta.

Mientras el espacio de la derecha se abre, la izquierda ve cómo el suyo sigue cerrado por la vanidad, la ignorancia y la rampante crueldad de Fidel, Raúl y los mil alcornoques que aplaudieron hace unos días, en el Congreso del Partido Comunista, algunos de los discursos más necios que se hayan pronunciado en Cuba, lo que es mucho decir, porque en Cuba los necios tienen el mal hábito de perorar sin jamás cansarse. Si alguna ilusión tenía aún la izquierda cubana de que podía ser reformado el país desde el Palacio de las Convenciones, las universidades, la revista Temas, el Centro Marinello, los conciertos de trovadores, los blogs de fulano y mengano, los programas de maestría y doctorado en Londres, México y Madrid e incontables, infinitas sobremesas en la isla y alrededor del mundo, y no, si de verdad existiera esa posibilidad, desde las calles de las ciudades y pueblos de Cuba, este Congreso, si algo útil hizo, fue romperla.

Llegados a este punto, si la izquierda cubana quiere conservar la posibilidad de presentarse al país en el futuro como una opción realista de gobierno, debe admitir que ni Raúl Castro ni cualesquiera de sus delfines tienen intención o habilidad para sacar a Cuba de su fondo, o van a dejar que otros lo hagan, y debe reclamar tan vigorosamente como pueda, y se atreva, democracia, no una modalidad fantasiosa e ininteligible de ella, cubierta de citas intrincadas y una larga bibliografía de cola, descubierta por sociólogos y politólogos en utopías y no en la historia, con una cáscara de adjetivos, popular, participativa, comunitaria, que en Cuba suenan más como excusas que como teorías, y menos aún como demandas, sino la misma, simplísima, imperfecta y formidable idea de democracia por la que tantos hombres y mujeres de izquierda y derecha, norte y sur, este y oeste, arriba y abajo, han peleado y padecido, y han sido apaleados, encarcelados, despedazados, y lo son todavía, ahora mismo, casi dondequiera, Cuba incluida.

Sería necesario que la izquierda cubana tuviera al menos una pizca de simpatía y solidaridad, o de caballeresco respeto, por los que, aunque tengan un propósito final vastamente distinto, han tenido el rabioso y persistente valor de pedir a gritos lo que la izquierda debería estar pidiendo también, y con los mismos malos modales. Hasta que la izquierda cubana no recobre y pruebe su apego y dedicación a la democracia, y a la libertad, integridad física y derechos políticos de los que piensan distinto de ella, no merece que el país le preste un solo segundo de atención, y, en el futuro, que le otorgue ni un solo voto.

La mayoría de los cubanos, sin necesidad de cavilar profundamente, que no se les da bien de todas maneras, ha concluido lo mismo que Barack Obama y todas las cancillerías de Europa y América Latina, que Raúl Castro y su junta de generales, burócratas y charlatanes, son el único grupo viable de gobierno en Cuba, y que no van a ser echados del poder ni por la oposición de derecha, obstinada, zoquete, pero diminuta, fragmentada y estéril intelectualmente, ni por una oposición de izquierda todavía hipotética, o peor, académica. En manos de Raúl Castro y sus más seguros sucesores, a Cuba le queda mucho así. Este inexplicable desastre ha durado tanto que se ha vuelto cómicamente normal, esto es lo que Cuba es, y a veces sí parece que no puede ser de otra manera.

sábado, 7 de mayo de 2016

Periodista cubana opina sobe el desfile de Chanel y otros faranduleros

Giselle Morales, es una periodista que trabaja en el periódico Escambray de la provincia de Sancti Spiritus y autora del blog Cuba Profunda. Así se define en  el sitio web El Toque.


"Si no fuera por la insistencia de mi padre, a estas alturas no sería periodista. Si no fuera por la insistencia de un amigo, jamás me habría abierto un blog. Ahora ya es demasiado tarde: describir con todos sus claroscuros la isla donde vivo y postear en Cuba profunda definen en buena medida lo que soy".


Giselle Morales escribió en El Toque el siguiente comentario que El Timbeke reproduce hoy dentro de esa línea que se ha propuesto de darle difusión al debate que se vive en las redes sociales dentro de Cuba. 


EL CONQUISTADOR VIP DE LA HABANA

Que Karl Lagerfeld venga a La Habana con sus esqueléticas modelos de dos metros, sus telas vaporosas y diseños para celebridades… No me da más frío que este invierno tropical en el que apenas pude ponerme un suéter. Un suéter para nada fashion, déjenme aclararlo, para nada Coco Chanel.


Debe ser que mi relación con la moda se limita a usar —por cierto, de muy buen grado— toda la ropa que me regalen. Sin reparar en nacionalidades ni etiquetas, con lo cual me saco de arriba la angustia de las marcas: que si Lacoste, que si GAP, que si Batos…

Ahora que digo Batos, recuerdo un shortcito gris de la entonces incipiente industria deportiva cubana que me ponía un día sí, otro también y que recogió estoicamente buena parte del churre de las clases de Educación Física de primaria.

Pero la industria de implementos deportivos de entonces dejó de producir prendas y la ligera, la que debía vestir al pueblo cubano, nunca logró despegar lo suficiente. Ni en cantidad, ni en calidad y mucho menos en diseño, justo lo que viene a restregarnos en las narices la casa Chanel.
 
La llegada de la corte francesa —nunca mejor dicho— pone a la Cuba revolucionaria frente a sus propios prejuicios: los de una isla que desterró de a cuajo el glamour como síntoma inequívoco de lo burgués y vende ahora el desfile de la colección Crucero como la primera pasarela de Chanel en América Latina. O ya la alta costura no es sinónimo de la enajenación consumista que produce el capital, o queríamos demostrar con un golpe de efecto hasta qué punto va en serio la apertura.

A juzgar por los últimos acontecimientos, va viento en popa y a toda vela: Ana de Armas se propone frente a los medios alternativos para filmar una película en su país natal, Vin Diesel posa ante las cámaras de los fotógrafos como si fuera un mulato del montón de Centro Habana, los almendrones corren por el circuito del malecón y, de paso, exprimen a más no poder su minuto de fama.

Nada de eso sería cosa del otro mundo si no fuera porque hasta ayer series como El internado, donde actuó la cubana De Armas, eran consideradas productos chatarra; la interminable saga de Rápido y furioso se esgrimía para ejemplificar el derroche de recursos y tecnología en obras de guion precario, y los desfiles de Coco Chanel… Bueno, los desfiles de Coco Chanel ya venían mereciendo el título de cierta obra literaria: La insoportable levedad del ser.

Y no digo yo que la moda no sea frívola. Lo que digo es que tampoco es el quinto jinete del Apocalipsis, y que se puede ser un cubano de estos tiempos —cubano 100 por ciento, como dijera un amigo— y perseguir las tendencias de Chanel, de Armani y de La Maison. Supongo que es cuestión de tumbar las talanqueras del pensamiento maniqueo y echar abajo los compartimentos estancos: blanco o negro, bueno o malo, norte o sur.

Muy en el fondo, a Karl Lagerfeld no le interesa la Cuba real más allá de ese retablo para el turismo de farándula en que se ha convertido La Habana. Ni siquiera le interesa La Habana en sí misma, con su Paseo del Prado como un espejo, sino el acto irreverente y provocador de recorrer sus calles y decirle al mundo paralelo en que vive: “Miren esto, celebrities, Cuba existe y es una isla donde la gente usa ropa, no taparrabos”. Karl Lagerfeld, el conquistador VIP de La Habana, el hombre que bautizó a la guayabera como el esmoquin cubano.

Aunque, pensándolo bien, no somos del todo incoherentes con el discurso de años: Karl Lagerfeld estuvo en La Habana con sus esqueléticas modelos de dos metros y sus telas vaporosas y sus diseños no aptos para guaguas. Y a la mañana siguiente Juventud Rebelde lo incluye en su sección Qué hay de nuevo, con una nota de dos párrafos.

Este periodista de Granma rompió el silencio

El periodista Sergio Alejandro Gómez, jefe de la página internacional del diario Granma, ha publicado en su blog personal una fuerte critica al secretismo oficial en torno a los beneficios económicos reportados por el desfile de Chanel y el rodaje de la película Rápido y Furioso en La Habana.
  
Un comentario más, que se suma al debate que tiene lugar en las redes sociales de Cuba y más allá sobre el presente de la nación y su incierto futuro. 



Chanel no tiene problemas políticos


El desfile de modas de Chanel y la filmación de la octava parte de Rápido y Furioso en La Habana, entre otros acontecimientos de la Cuba posterior al deshielo con Estados Unidos, no constituyen problemas políticos en sí mismos; son, eso sí, preocupantes síntomas de una crisis en la comunicación política.

La filmación de un blockbuster de Hollywood, con helicóptero incluido, o cerrar el Paseo del Prado para exhibir la colección crucero de la conocida casa francesa, difícilmente logren tumbar una Revolución, mucho menos la cubana.

Pero la forma en que se interpretan esos acontecimientos, dentro del proceso de cambios que definirá el destino de 11 millones de personas, sí puede trastocar el consenso social que ha sostenido el país por más de medio siglo y que está en franco proceso de renegociación.

Toca primero saltarse los prejuicios. No por caros, los vestidos de Chanel son más capitalista que los trapos made in China del Tercer Mundo. Incluso la “ropa de masas” asume los colores y formas que decide la alta costura de Nueva York o Paris. Ser pobre no es antídoto para una globalización de la identidad que se cuela por los poros. Para eso están las copias baratas.

Karl Lagerfeld, nadie lo duda, es un artista. Sus diseños pueden costar varias decenas de miles de dólares, por el mismo mecanismo que una pintura expresionista vale millones. El dinero ama al arte y también mata el arte.




Ahora, ni siquiera las personas de clase media en los países desarrollados aspiran a tanto. Los desfiles son siempre cotos cerrados para el 1 %. Pero si en Cuba es difícil encontrar a alguien vestido de Chanel, lo es aún más definir ese 1 %.

Por eso los ojos no estaban solo en las modelos y los vestidos, sino en los carros descapotables que trajeron al público desde el Hotel Nacional y en los bancos del Prado, donde se sentaron los invitados especiales.

Todos querían saber cuál era la profesión, la billetera o el apellido correcto para clasificar en el evento del año de la farándula nacional. Y es bueno eso de conocer las élites, la gente tiene derecho, ya sea para amarlos o para lincharlos.

Poco después, un espacio público de La Habana Vieja, la Plaza de la Catedral, fue privatizado por algunas horas para la fiesta con los invitados de Chanel. La Policía Nacional y otros órganos de seguridad se hicieron cargo de blindar el área contra los curiosos.

Algunos sintieron que el espectáculo, el primero de su tipo en América Latina, era un golpe bajo contra la austeridad revolucionaria, que en más de una ocasión se ha intentado vender como virtud en lugar de necesidad.

Había mucha gente en el Prado tratando de ver el desfile, pero había aún más en las tiendas tratando de encontrar productos básicos recién rebajados como pollo y aceite de cocina.

Todos saben lo que ganan Chanel y Hollywood al escoger La Habana — la ciudad detenida en el tiempo, con su destruida belleza; la capital prohibida donde se mezclan el art deco y la Guerra Fría. La pregunta es ¿qué ganamos nosotros?

La ausencia de una respuesta pública y un debate al respecto es la raíz del problema. Cualquiera puede intentarlo por cuenta propia.

Por ejemplo, aunque se desconocen los pormenores del guion, una franquicia taquillera como la de Rápido y Furioso puede ayudar a cambiar la imagen de Cuba de más de un estadounidense y con ello acelerar la caída del bloqueo a 200 millas por hora. Claro, también se puede estrellar contra un poste.

El regreso de las celebridades a La Habana, por otra parte, atrae un turismo de más recursos que necesita la economía nacional para acabar de dar un salto que se sienta en la mesa y el bolsillo de cada cubano.

En ambos casos, la parafernalia montada debe salir cara y parte de ese dinero se quedará en el país. Nadie ha dicho cuánto pagó Chanel por utilizar los espacios públicos o cuánto tuvo que erogar Rápido y Furioso por dejar el transporte de parte de la ciudad paralizado.
Saber en qué se utilizará el dinero recaudado puede ser un alivio para quien siente que la ciudad ha hecho un sacrificio. Quizás un parque, un edificio multifamiliar o pavimentar una calle.

Así todos sabrían en qué se benefician y podrían sacar su propia cuenta, lo cual no garantiza que estén dispuestos a aceptarlo por igual.

Puede ser incluso que al final se construya el parque, el edificio multifamiliar o se pavimente la calle, y nadie sepa que fue con el dinero de Chanel y de Rápido y Furioso.
Pero en lugar de explicar y debatir, los políticos hacen silencio y exigen a su prensa (la de todos) que haga lo propio.

La política siempre ha sido el arte de convencer a los hombres. La fe es una relación entre las personas y Dios, no la lógica que rige la sociedad.

Están faltando aquellos políticos que van al futuro y regresan a contarlo, o por lo menos los que lo intentan desde aquí con franqueza. Y ese futuro no puede ser uno en el que todos visten de gris. Ojalá sea uno, vaya utopía revolucionaria, en el que todos usan Chanel.