jueves, 5 de septiembre de 2013

Adivina de qué se trata

El comentario que el Timbeke reproduce hoy es  del blog Esquinas que dirige desde Cuba su autor Alejandro Ulloa.

El título de esta entrada Abuelita no tiene la culpa, está escrito en clave cubana, especial para lectores cubanos.

Esto quiere decir que si usted, estimado lector, no está relacionado con la realidad cubana, o no vive en Cuba, no le será fácil descifrar las claves ocultas en este comentario. Vamos a verlo como un reto. Espero sus comentarios de vuelta. Vamos a ver cuántos adivinan de qué se trata este comentario y quienes son sus personajes principales.

Abuelita no tiene la culpa

Granma tell me stories
A mí me encantan las historias de la abuela.

Abuelita Gertrudis me cuenta un cuento todos los días. Se sienta en su sillón de cedro labrado, y mientras teje sobre finísimos manteles motivos de cuentos de hadas, me habla emocionada y extensamente de sus lances juveniles, de sus picardías, de sus muchos logros y pocos fracasos.

A veces pienso que ha olvidado vivir el presente, pero de pronto me hace notar que no, que me equivoco, pero que a ella prefiere lo que fue. Por eso cuando habla de cosas de hoy, las mezcla con su imaginación, o las enmascara con palabras o metáforas rebuscadas. Y aunque abuelita nunca miente, generalmente solo me cuenta la parte que más le gusta de las cosas.

Desde que la conozco viste de rojo y negro. Vestidos, blusas, sayas, todo lo combina de esos colores y parece gustarle. No es muy bonita, de hecho, es algo fea, aunque como siempre la he visto así, a mí me parece natural, cosa que no opina la gente en la bodega, o en la farmacia, o en la cola de la chequera, que cuando la ven llegar, siempre alguien murmura: “ñó, esa vieja está en candela”; o peor, cuando comienza a contar sus historias, a cualquiera que se le acerca, la gente siempre queda con la misma sensación de que mi abuela está “medio ida”.

Pero abuelita no tiene toda la culpa. Ella, como me enseñaron en la universidad, es fruto de su tiempo, de su formación. Es cierto que no es tan vieja y otras abuelas de su edad han sabido aprender de los nuevos tiempos. Pero ella no, y es que ella no ha sido una mujer feliz.

Sus padres, mis bisabuelos, la formaron como a casi todas las mujeres de la época, que a pesar de recibir estudios universitarios, debían obedecer siempre a sus maridos, ser buenas amas de casa, saber criar a los hijos bajo la autoridad paternal, y no preguntar ni cuestionar mucho.

Cuando se casó, mi abuelo Paco, que era un tipo bonito, inteligente y siempre a la moda en todo, la dejaba olvidada en casa, y cuando llegaba, quería que todo estuviera y se hiciera como él quería. Además, no admitía mucha discusión, y aunque durante muchos años ella le increpaba algunas cosas, aprendió a ceder.

A mi papá –dirigente juvenil por mucho tiempo, incluso cuando ya no era tan joven– y a mi tío –sindicalista por excelencia– los crió de la misma forma, y aunque ellos no piensen exactamente como ella, les cuesta mucho trabajo salirse de los dogmas paternales y terminan acatando y cumpliendo lo que les enseñaron como “socialmente aceptado”.

Pero las historias de abuelita son de lo más interesantes. Y aunque los nietos hayamos vivido algunas, igual nos las cuenta, con matices y todo.

Dice que una vez, hace poco, mi abuelo compró un cable –de teléfono– para instalar en la casa otra extensión –porque el teléfono que había en la casa ya no era suficiente, estaba al romperse; y hasta en una borrachera de 31 de diciembre había anunciado el cambio–; pero la compra y la instalación las hizo en secreto, porque el vecino Samuel, “que es tronco´e hijo´eputa” siempre está metiéndose en lo que no le importa, “pa hacer daño na´má”.

Entonces abuela hizo como mi abuelo le ordenó: ni a mi papá ni a mi tío los dijo nada mientras mi abuelo hacía las operaciones, ni a los nietos, y mucho menos a las nueras, porque, según mi abuelo, muy martiano él, “las cosas para lograrse han de andar ocultas”.

Yo no me enteré hasta que pasó un tiempo y se armó, como siempre, el brete en la familia.

Lo jodío del caso es que como mi abuelo no entiende de esas cosas, le dieron una estafá del carajo, y cuando Samuel se dio cuenta del tejemaneje de las instalaciones y oyó otro sonido de teléfono –más moderno– en casa, entre carcajadas malintencionadas nos lo dijo a los nietos. Y nosotros, que no nos callamos, allá fuimos a preguntarle a mi abuelo, y él que no, y mirando a mi abuela como diciéndole “¡ni una palabra!”.

El caso es que el abuelo quería darnos la sorpresa, pero con lo de la estafa, se le retrasaron los planes. Al final de todo, cuando no hubo más remedio que decirlo, mandó a mi abuela a decirnos que ya había teléfono y más ná. Lo de la estafa me enteré yo con Samuel, que aunque muy mentiroso, siempre se le puede sacar algo en claro, y lo que no lo sabe se lo imagina.

Ahora pienso yo que la abuela no debió haberse sentido nada bien cuando tuvo que dar la cara tan escuetamente. Ella, que le gusta hacer el cuento de la buena pipa por cualquier cosa.

Pero aunque yo defienda a la abuela, abuelita también se las manda. Cuando ella dice a hacer una cosa de una forma, no hay dios que la convenza. Puedes hablarle, advertirle o escribirle una carta, que se mantiene en sus trece; aunque mi abuelo tiene bastante culpa en eso, porque siempre está torciéndole los ojos por detrás de mí.

Lo bueno de todo esto es que somos una pila de nietos, y a casi todos hay que darnos buenos cocotazos pa que nos callemos, y aun así nos reviramos. Así cuando pasa algo en la familia, o nos reunimos todos en algún lugar, como hacemos frecuentemente en la finca de mi abuelo, llamada “Internietos” –dice que pensó en nosotros para ponerle el nombre, para que la disfrutáramos “entre” todos los “nietos”: abuelo a veces se pone conceptual una pila– entonces formamos allí la revolución y comenzamos a cuestionarlo todo, a preguntarlo todo. Juro que a veces es por pura diversión, pero esos son los momentos que abuelo coge tremendo berrinche y se va pal otro lado de la casa a fumarse un tabaco y nos deja a abuelita contándonos las más alocadas historias.

Yo cada vez que puedo hablo con ella, y hasta con mi abuelo, sobre todo en la finca, que es donde puedo atrapar la atención de ambos. Pero qué va: rochepana pa´quí, rochepana pa´allá, y nada. Aunque ahora ambos fueron a una reunión de esas donde habla mucha gente que tiene problemas y se quieren ayudar entre todos, y abuelo llegó diciendo que quería cambiar algunas cosas, dice que “actualizar” y transformar algunas reglas de la casa, pa que abuelita también mejore. Vamos a ver qué pasa.

Y aunque el abuelo Paco es un poco pesao, voluntarioso y trancao, es buena gente… ah, pero del abuelo les cuento otro día. Este post es pa la abuela, y ya les digo, abuelita Gertrudis no tiene la culpa, pero el abuelo es el que corta el bacalao, y ella está ya vieja y medio sorda. Ojalá que lo de la reunión esa les sirva pa algo. Ya yo estoy tratando de ayudarlos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario