lunes, 2 de septiembre de 2013

Otro descubrimiento en la red cubana


vaca_en_mecedoraDe niña siempre sospeché una imagen muy aburrida de eso que llaman en Cuba asamblea de balances. En la inocencia literal de mi imaginación, figuraba a los mayores apoltronados en sillas mecedoras, batiendo hacia adelante y hacia atrás argumentos enjutos al sopor de los muchos problemas que, como el verano, parecen ser estación eterna en esta Isla.

A excepción del detalle risueño del mueble en que se sienta la gente para balancear la cosa en sí, la experiencia no me ha cambiado en mucho el esbozo infantil de lo que resulta una reunioncilla de estas. Así que cuando les llegó a mis guajiros la “mala racha” me las vi negras, por aquello de tener que escribir para un periódico de lo que probablemente a nadie le motive leer.

¿Qué pudiera interesarle a alguien de una asamblea de balance campesina? No poco… ¡Deje que yo le cuente!

Vamos a saltarnos la parte infeliz de las hechuras gemelares de los informes- esa cicatriz morba que la verticalización del poder y la burocracia aún nos ciñen-, y olvidemos lo anómalo de escuchar hablar a una persona de sí misma como de “nosotros”- que hace que uno no sepa bien a quién aplaudirle el logro o reclamarle el yerro-; o la maña de contar como elemento de mucho peso el porciento de mujeres, negros y mestizos de tal o más cual estructura. A lo mejor son cosas que solo a mí me enturbian el goce y me mueven al tedio.

Si se aguanta ese preludio formal sin caída de párpados, uno llega a enterarse de unos cuantos detalles medulares que el guajiro no se puede aguantar en la estabilidad de las cuatro patas del taburete que ese día le toca.
 
Uno evidencia, por ejemplo, que existe una brecha espinosa entre la base, allí donde está el hombre madrugador que araña el fango, y la estructura empresarial del Estado, allí donde va a parar todo el esfuerzo del primero. Productores y empresarios, en abierta negación de la teoría socialista, terminan viéndose las caras casi únicamente en reuniones como esta, donde resucitan problemas robustos tras meses de engordar en la indolencia, y hete que allí, amén de no alargar la cosa, se programa una nueva reunión para solucionarlos.

Uno se sorprende pasmosamente al escuchar por un lado que los planes productivos actuales no alcanzan a satisfacer ni la mitad de la demanda alimentaria de la población y ver por el otro que se persiste en la tozudez anómala de no aceptarle al productor más aporte que el que tiene contratado. Si el guajiro, por las casualidades de la tierra, logró sacar en la parcelita aquella unos quintales de tomate o frijol que no había previsto, ¿cómo no aceptárselo y pagárselo tan pronta y felizmente como si hubiese estado anotado en el papel? ¿No es la misma comida que nos hace falta, a fin de cuentas?

¡Ah! pero si por el contrario ese mismo guajiro se pone espléndido en sus planes, para que lo probable y lo improbable figure en tinta y firma, y de repente este fue un mal mes y no salió todo lo escrito allí, entonces sí que hay celeridad y exigencia para amonestarle los incumplimientos.

En medio de la discusión uno saca en claro que el sentido común no es “empapelable”, que en cuestiones de monte y naturaleza tiene que haber márgenes de error y diálogo y entendimiento entre las partes, que a veces hay que sacrificar seguridad en aras de vislumbrar potencialidades, y que en la cuerda floja por la que anda la producción de alimentos, hay que pensar siempre a favor del plato de la gente, que generalmente es también a favor de quien dobla el lomo para llenarlo.

¿Cómo va a ser que esos tengan que estar rogando por más petróleo a un organismo “superior” (estatal), porque el que le dan no suple ni el 30% de su demanda productiva, como si se tratara de un favor que se pide para llevar a la esposa y los niños a la playa el fin de semana? ¿Cómo va a ser que tengan que ir a mercados particulares como Francisquito a comprar zurdamente por el triple de su precio las limas, como se ven obligados a adquirir tantas otros insumos imprescindibles?

¿Hasta cuándo vamos a seguir permitiendo que la empresa de Porcino le deba toneladas de pienso a la gente que le sobrecumple la entrega de carne o que los pesticidas lleguen al surco cuando ya la coshecha está en cajas? ¿Cuándo vamos a empezar a preocuparnos por los centenares de reses que Veterinaria deja morir o inhibe de nacer por brucelosis o manejo irresponsable de la reproducción, males mucho mayores que el hurto y sacrificio vandálico, a ver si un día puede venderle el Estado la carne de vaca a la población, legalmente?

Uno escucha los reclamos campesinos y sabe que cuando esas cuestiones se resuelvan, cuando los sistemas de pago por calidad zafen sus nudos gordianos, cuando se brinde al hombre del surco capacitación y asesoramiento jurídico, científico-tecnológico, sanitario, cuando el pago al esfuerzo no demore, desaparecerá también y automáticamente la desmotivación del sector hacia un gremio que no le soluciona sus problemas puntuales o el desinterés de la juventud por ser relevo en tarea tan dura.

Cosas así, súper interesantes, se discuten en las asambleas de balance de mis guajiros, cosas que no son “muela”, y si no lo cree, pregúntele a las ollas de su casa.

1 comentario:

  1. Una interesante narracion donde afloran problemas que han estado vigentes por muchisimos anos, y que por terquedad ideological e inmovilismo no se ha resuelto, ni se resolveran mientras no haya un cambio sustancial en el sistema politico-ideologico del pais.Asi de simple.Mientras tanto se repetiran iguales balances donde se ventilan los problemas pero no se dan soluciones.Felicito a la autora por tan agudo y a la vez ameno analisis de una realidad vigente en nuestro pais.

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