miércoles, 6 de noviembre de 2013

Cuba Profunda lamenta prohibición de salas 3D

La periodista Giselle Morales Rodríguez, reportera del diario Escambray, hace su catarsis cotidiana, en su blog personal Cuba Profunda, con este comentario sobre la polémica prohibición de las salas de cine 3D, que El Timbeke reproduce.

 

Ni casas shoppings ni cine 3D

Ni casas shopping ni cine 3DPuedo entender que al Estado le molesten las casas shoppings, que pretenda cortar de raíz —con bastante retraso, por cierto— las tiendas privadas que han venido creciendo hasta en los más recónditos bateyes de la isla al punto de convertirla en un gran bazar.
Puedo entender que al Estado le molesten y no precisamente porque afectan el ornato público esas tendederas de ropa colgadas lo mismo en un balcón de Centro Habana que en un portal de Yaguajay; sino porque socavan el monopolio de las tiendas recaudadoras de divisas, abarrotadas de mercancías de dudosa calidad y peor precio; y porque —para ser justos— quienes han urdido este trapicheo pagan en la Aduana por el fin estrictamente doméstico de sus mercancías.
Puedo entender que el Estado haya decidido no dejarse tomar el pelo ni un minuto más allá del 31 de diciembre de 2013, fecha en que las modistas y sastres deberán desempolvar las máquinas de coser o prescindir de la patente por la que han venido pagándole al fisco apenas una hilacha de lo que ingresan en verdad.
Que conste: nada tengo en contra —ni especialmente a favor— del sindicato de mercaderes inconformes que han llegado a montar boutiques mejor surtidas que La Puntilla y que, si el olfato no me falla, después del ultimátum pasarán tranquilamente a la ilegalidad. Solo digo que puedo entender la molestia del Estado en el caso de las presuntas costureras; no consigo, sin embargo, comprender la cruzada contra los cines 3D.
No creo que estas salas privadas le roben de golpe la audiencia a los cines convencionales, ya bastante vacíos no solo en Cuba —donde aire acondicionado y pantalla grande no suelen coincidir—, sino en el mundo entero; o que las carteleras de estos espacios resulten hidras de violencia imposibles de controlar. En última instancia, pésimos filmes del más burdo estilo Hollywood también exhiben los cines capitalinos y de provincias cuando quieren recaudar.
Será que no percibo el peligro real del cine 3D para la formación ideológica de nuestros adolescentes y jóvenes porque no se me ocurriría pagar la exorbitante tarifa de 3 a 5 CUC —exorbitante para mi salario, aclaro— por un paquete de palomitas, un refresco gaseado y el susto de ver abalanzarse sobre mí a las criaturas de Avatar.
La culpa, en definitiva, no la tendría el propietario del cine, que invirtió en tecnología y ambientación del local, sino quien nombró la actividad por cuenta propia como “operador de equipos para el entretenimiento infantil”, una denominación tan imprecisa que no excluye, en modo alguno, a quienes ejercen esta modalidad. ¿No operan un equipo? ¿No se entretienen los niños? ¿Qué violación comenten como para mandarlos a parar?
Contra el cine 3D se ha actuado como mejor sabemos: botando el sofá. Más fácil que garantizar la asesoría mínima a los propietarios y revisar sistemáticamente el banco de películas —como da Salud el visto bueno a los elaboradores y vendedores de alimentos—; más fácil que supervisar es, por supuesto, prohibir por decreto y anunciarlo luego en la tan de moda Nota Oficial.

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