miércoles, 9 de julio de 2014

El Súper en Camaguey 36 años después.

El Timbeke comparte hoy con sus lectores, sin otros comentarios, este blog  que analiza la exhibición en una sala de cine cubano, de El Súper, 36 años después de su estreno. El primer largometraje de cineastas cubanos del exilio.



Vale la pena leer el análisis que hace Juan Antonio García Borrero sobre el acontecimiento, sus repercusiones y silencios. Aquí les va...

Me he emocionado muchísimo con esta nota escrita por la joven periodista María Antonieta Colunga Olivera para la página digital del periódico camagüeyano “Adelante”. Y lo de joven está resaltado a propósito: que sea una joven periodista la que escriba esta nota sobre una película de la diáspora cubana, para mí tiene un valor adicional, desde el punto de vista cívico, además del profesional.

Creo que ha sido “Adelante”, a través de ella, el único medio relacionado con los asuntos cubanos que ha informado sobre este evento (y ya sé que viene muy de cerca la referencia) de carácter verdaderamente “histórico”, toda vez que se trata de la primera vez que se exhibe El super (1978), de León Ichaso y Orlando Jiménez Leal, en una sala cinematográfica de la isla.

Aclaro que esto de los silencios selectivos para nada me sorprende. Y sobre todo no me sorprende el silencio de los medios que están más allá de la isla, y que en teoría, podrían tener más interés (y libertad) en resaltar la noticia. Sin embargo, tengo la impresión de que ello se debe a que una noticia así no encajaría en el horizonte de expectativas políticas que esos medios por lo general intentan cubrir: ¿un dossier sobre el cine del exilio en “La Gaceta de Cuba?, ¿una antología de Tablas-Alarcos (La Habana) que incluye obras de Iván Acosta, Manuel Martín Jr., René R. Alomá, o Matías Montes Huidobo?, ¿un libro del ICAIC que aborda parte de esa producción? Supongo que informar sobre eso desorientaría al lector promedio, que necesita verlo todo en blanco y negro: conmigo o contra mí.

Pero, más allá de la menudencia que a veces demandamos para mantener en forma la egoteca, agradezco la nota de María Antonieta porque es una muy profesional manera de contribuir a la preservación de nuestra memoria histórica colectiva. El super forma parte del patrimonio audiovisual de la nación; pretender ignorar esa obra (y son muchos de los que viven en la isla que ignoran que existe) podría resultar tan escandaloso como intentar ignorar a Guillermo Cabrera Infante o Celia Cruz por el hecho de que abandonaran el territorio, y discreparan del sistema político que rige en Cuba.

Aquella tarde en que exhibimos El super en Nuevo Mundo la sala estuvo bastante llena, y padecimos, sin reclamarla, la calefacción que, irónicamente, los inquilinos del edificio neoyorquino le demandan a Roberto en el principio del filme. Y antes estuvieron realmente brillantes en sus intervenciones las estudiosas Carolina Caballero (Universidad de Tulane) y Lilián Broche (Tablas Alarcos), comentándonos las peculiaridades de la obra de Iván Acosta, o la importancia que aún conserva dentro del conjunto de esa producción teatral del exilio cubano.


Me queda claro que acciones como estas resultan todavía insuficientes para lograr romper con ese enfoque reduccionista, y torpemente binario, donde la cultura cubana desemboca en lo bífido a partir de lo que ha condicionado la política. Para mí la nación es algo que debe ser pensado desde lo cultural (con todo lo que ello implica de complejidad y desafío) antes que desde lo político. La cultura tiene la ventaja de ser inclusiva, a diferencia de la política, que es por naturaleza excluyente, y diseña la representación de la realidad siempre en dimensiones pedestremente antagónicas (amigo/enemigo; conmigo/contra mí).

“Pensar la nación”, en términos culturales, exige un esfuerzo intelectual que habría que asociarlo al holismo, y a esa máxima donde se habla de que “el todo siempre será más que la suma de las partes”. Estarían allí los fundamentos de esa Cuba mayor que en algún momento acuñara la académica Ana López, y también el pedestal de una reconciliación nacional que solamente podría ensayarse sobre la base del imprescindible reconocimiento mutuo, como paso previo a la crítica de los argumentos que se esgriman en cada caso.

Mientras ese momento llega, tendremos que aprender a lidiar con los silencios interesados de ambas orillas. Y depositar las esperanzas en cubanos que, como María Antonieta Colunga, muestren voluntad para aprehender la realidad nacional como un todo, siempre dinámica, siempre compleja, y no como la suma de partes falsamente estáticas.

Juan Antonio García Borrero
"El Súper, un primo de allá que regresa"
Por María Antonieta Colunga Olivera
A 36 años de haber sido rodada con apenas 30 000 dólares en medio del crudo invierno neoyorquino de 1978, El Súper, largometraje clásico del exilio cubano basado en la obra teatral homónima del dramaturgo Iván Acosta, fue exhibida por primera vez en una institución cinematográfica de la Isla.
La multipremiada película, de los realizadores emigrados León Ichaso (Azúcar amarga, Paraíso) y Orlando Jiménez Leal (PM, Conducta impropia), se proyectó a fines de este junio en el Complejo Audiovisual Nuevo Mundo de esta ciudad gracias a la iniciativa y gestión del crítico e investigador Juan Antonio García Borrero (Juany), quien no solo consiguió en tiempo récord una copia del material por vía del propio Acosta para la premiere cubana, sino que además atrajo a la presentación a la Dra. Carolina Caballero, estudiosa del teatro cubano fuera de sus fronteras insulares y profesora de la Universidad de Tulane (Nueva Orleáns), y a la joven investigadora de la revista nacional Tablas-Alarco, Lilián Broche.
Para los que vimos el material apretados en la oscura complicidad de Nuevo Mundo casi hasta el final en que nos cortaron la corriente, el del Súper ha sido un retorno memorable e íntimo, como los que acontecen casi imperceptiblemente en los aeropuertos de la Isla cuando una familia abraza por vez primera al hijo del tío que se fue y que apenas conoce por par de fotos viejas y cuentos difusos.
La cultura cubana es también una gran y complejísima familia de ramas desgajadas hacia inusitados confines donde urgen los abrazos, los reencuentros.
Uno se da cuenta de ello cuando ve en la pantalla a Roberto, el súper(intendente) de un complejo de apartamentos de Washington Heights, Manhattan, que a diario recoge basura y palea nieve y echa a andar las calderas de calefacción del edificio con la mente puesta en Miami, y en escapar al menos allá donde hace el mismo calor de la Cuba que lleva más de diez años sin poder ver.
Uno dice: “¡coño!, esos son mis primos, mi hermana, mi padre…” y sabe también, aunque la imagen parezca Nueva York en medio de todos sus grados bajo cero y sus soledades y su extrañeza, que esa sensibilidad cálida de café colado cada dos escenas, de dominó de sótano y de Cachita colgada en la pared, esa empecinada re-nidificación del hogar perdido en medio de los avatares de la migración, eso es Cuba aunque sea afuera, esa es la Cuba “comunidad imaginada”, eso- sin lugar a dudas- es también nuestro.






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