jueves, 16 de octubre de 2014

Más de medio siglo de castrismo...y qué más?

Lo comenta la periodista cubana, Giselle Morales Rodríguez, autora del blog Cuba Profunda.


El Timbeke lo reproduce por su interesante perspectiva de los escollos económicos y sociales que enfrentan los cubanos de a pie en la Cuba de hoy, esa Cuba profunda que pasa inadvertida para los que transita por las calles de sus ciudades mejor engalanadas, lejos del mundo de la moneda convertible, de los hijos de papá y por supuesto, ni que decir, de los "polos turísticos".

Este post de Cuba Profunda, titulado De la televisión analógica al apagón total, describe algo más que una contradicción, revela el fracaso de un sistema que ha transitado por más de medio siglo por el país, a un alto costo,  sacrificios y privaciones personales. Quizás la autora no se lo propone, pero ese es el resultado que salta a la vista.

DE LA TELEVISION ANALOGICA AL APAGON TOTAL




 
Parecía una cola para comprar huevos de los llamados baratos o carne de res por la libre. La gente llegaba y rezaba el salmo de rigor: “¿Quién es el último?”. “¿Detrás de quién tú vas?”. “Detrás de la muchachita de la blusa roja que va detrás de la señora del pañuelo”. Y la fila crecía sospechosamente, no porque hubiese marcado algún iraquí con pinta del Estado Islámico, sino porque el tumulto estaba armado justo frente a una tienda de Cimex.

Imaginando estaba cuál era el artículo en rebaja por inminente caducidad cuando me voceó, de acera a acera, el vecino con quien suelo entablar discusiones de economistas no titulados: “¿Viste que sí hay dinero en la calle?”. Abrió la jaba y me alargó el comprobante recién rasgado en la puerta de salida: caja decodificadora de televisión digital, 38.30 CUC. “¿Hay o no hay dinero, periodista?”.

Me encogí de hombros, como en escaramuzas anteriores por el precio de los carros o como de seguro habré de hacer —desde ya me lo vaticino— cuando él sea de los primeros espirituanos en conectarse a Internet desde la casa; un escenario que, dicho sea de paso, está a la vuelta de la esquina pese a la “virulencia” de las nuevas tecnologías y a los planes de la Usaid.


Me encogí de hombros y hasta me alegré por los adelantados, los que tienen dinero suficiente para erogar casi 40 CUC por el disfrute de la televisión digital —mejor recepción, nuevos canales, opciones impensadas en la versión analógica—; pero con la misma vehemencia me planté en mis trece, determinada como estoy a ser la última en migrar, allá por el 2021 y cuando no quede más remedio, a la televisión digital.

No tengo nada en lo personal contra las cajas decodificadoras, que transforman la señal aérea y la cuelan sin boronillas en la pantalla de mi LG; ni me opongo obstinadamente al progreso. Me indigna, sin embargo, por principios: ¿cómo va a costar 38.30 CUC —dos meses de trabajo para mí, sabrá Dios cuántos de chequera para un jubilado— un aparatito que da acceso a la precaria programación de la televisión cubana?

¿Cómo se va a vender con todo el morro en divisa o 25 veces más en moneda nacional un equipo imprescindible para sintonizar canales que ya debían existir desde mucho antes y para todos por igual? Y es que no se trata de la televisión por cable, léase bien, sino de la misma televisión pública de siempre que ha entrado, por fin, en el siglo XXI.

De seguro los compañeros que idearon el decodificador que hoy se expende en la red comercial —mezcla de un modelo chino con aportes nuestros para que fuera imposible de vulnerar— me dirán que todavía falta para el apagón analógico, que mientras tanto puedo seguir viendo la televisión como si nada y que para abaratar los costos de producción a gran escala se estudian alternativas. Se estudian… esa frase me suena…

No sé si aumentarán los salarios y las chequeras, si disminuirán de golpe los precios de las cajas decodificadoras o si ensamblarán modelos más elementales y, por ende, menos caros. Solo espero que en estos siete años de cuenta regresiva no me exhorten, ni a mí ni a los ancianos con chequera, a pedirle un crédito al banco, también para agenciarme un puesto frente a la televisión digital.

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