viernes, 21 de noviembre de 2014

Cayo Esquivel como si fuera Varadero

Excelente crónica de esta joven periodista del diario Escambray de la provincia de Sancti Spiritus.

Una narración profunda, escrita con frescura y talento: Lo más parecido al paraíso. El Timbeke la reproduce al tiempo que le da las gracias a la autora de Cuba Profunda, Giselle Morales Rodríguez, esa joven periodista que puede contarse entre las mejores narradoras de la Cuba de hoy.En lo adelante cuando visite el restaurante del mismo nombre aquí en Miami, voy a indagar si sus dueños son de Isabela de Sagua...Cayo Esquivel.

Tomo prestadas sus fotos, las mismas que aparecen en su blog, que puede encontrar aquí.

Lo más parecido al paraísoUtopía



Cayo Esquivel era el paraíso: las blanquísimas arenas de Varadero sin el recalo de pomos o latas viejas; la vegetación de Varadero sin los hoteles metiendo sus narices como vecinos intrusos por entre las caletas; la luz y el olor a salitre de Varadero, pero sin el agobio que siempre ha provocado el turismo. Cayo Esquivel era lo más parecido al paraíso. O todavía lo es, solo que ahora no sabes si sigue así, exactamente.
Para conquistar aquel recodo bucólico, donde las familias de la high tenían en los años 50 sus casas de veraneo, debes abordar una patana en los muelles de Isabela de Sagua, fijar rumbo norte y disfrutar un trayecto que, al menos tú, obnubilada con los espejismos de la nostalgia, recuerdas hasta con delfines y leyendas de naufragios.
“En el cayo de allá dicen que los piratas enterraron un tesoro… ¿Ven aquellos mangles? Pues ahí va la gente a buscar ostiones… Cuentan que en esa franja de tierra estuvieron tres pescadores perdidos una semana entera…”. Ciertas o no, las fabulaciones del guía, isabelino necesariamente, en última instancia sirven para despistar el mareo, esa sensación de náusea que no se quita sino hasta mucho tiempo después, cuando dejas de luchar contra las veleidades del agua y el nudo en el estómago cede.
De islote en islote, vestigios del delta hoy sumergido del río Sagua, se llega a Esquivel. O se llegaba, no lo tienes claro. Cuando la patana entronca en el muelle no puedes creer que has dejado la seguridad de tierra firme —todo lo firme que puede ser la tierra desprendida del continente— para desembarcar en un reservorio de mangle y mosquitos. Solo mangle y mosquitos a derecha e izquierda durante un rato, hasta que el mangle se acaba abruptamente y te hundes hasta los tobillos en la arena. Frente a ti, la duna casi virgen y, más allá, el azul del mar abierto.
Entonces te frenan en seco: “Ven para ponerte un pullover sobre la trusa… No te lo quites que casi no hay sombra… Mira que hasta por la tarde vamos a estar en este resistero”. Pero son por gusto las advertencias, básicamente porque tienes siete años, la edad que aterroriza a tus padres porque preguntas de más y te quitan la leche de la libreta; y con siete años, libre en una isla desierta y esa piel de europea no queda más remedio que achicharrarte y aguantar, una vez de regreso, las reprimendas de Anita. Que te lo advirtió protesta, mientras enjuaga tu espalda con sahumerios de vinagre.
Pero lo que pase en la noche no interesa en lo absoluto. Ahora te deslumbras con ese paraíso que parece orquestado solo para ti y para los cinco o seis muchachos que vienen, como tú, con sus padres; ni siquiera para los mayores, que apenas se mojan las pantorrillas en el mar y andan enredados con sus ollas de comida y sus resabios de adultos: la escasez que se avecina, las provisiones que se acaban, la caída de cierto muro.
Ahora tienes a Esquivel enfrente, y no sabes por qué comienzas a recoger hojas de caletas; a guardar caracoles y conchas en un pomo de refresco; a cerrar los ojos y tatuar en el recuerdo la línea sinuosa de la costa, la lengua de arena blanca que se pierde de pronto, detrás de unos pinos, y el color violáceo de las nubes que se despeñarán sobre la embarcación apenas enrumbe de vuelta hacia Isabela.
Lo grabas todo en esa memoria de elefante que Dios te dio. Y haces bien, porque con siete años no lo imaginas, pero apenas unos meses más tarde vendrá la crisis de los balseros y los cayos que viste en el trayecto se llenarán de botes, chapines y barcas improvisadas que saldrán en estampida sin rumbo ni concierto.
Esquivel era lo más parecido al paraíso. Quizás todavía lo es, pero tan al norte que ya no tienes forma de saberlo.

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