lunes, 23 de noviembre de 2015

Jorge Ulla: Itaca, el opaco ritual del desencanto

El cineasta cubano Jorge Ulla, radicado desde hace muchos años en New York, pero siempre pegado al latir de ´Cuba, escribió este comentario a propósito del filme Regreso a Itaca. Esta columna fue publicada en El Nuevo Herald el pasado 18 de noviembre.

El Timbeke la reproduce hoy sin más comentarios, porque no los necesita. Solo invitar a quienes no han visto el filme a verlo. Ojalá que muchos dentro de Cuba lo hayan podido hacer.



Esta y otras preguntas incómodas son las que se hace con honestidad y rigor el novelista cubano Leonardo Padura en su guión del filme Regreso a Ítaca: ¿Qué hace un ser humano cuando descubre que ya no existe, cuando de repente reconoce que aquello que le daba contenido a su vida ha desaparecido?

Estructuralmente minimalista y engañosamente teatral en su factura, la película rebasa su escueta arquitectura narrativa para hacerse épica en su intertextualidad, además de en su inteligencia abarcadora, su despiadada franqueza y una poderosa sensación hegeliana de final de la historia que induce en el espectador aterrado. Basta verla para darle nuestra empatía. Verla es también sucumbir al placer culpable de entregarse al opaco ritual del desencanto.

Regreso a Ítaca, dirigida y coescrita brillantemente por el cineasta francés Laurent Cantet, convoca a cinco amigos entrañables –cuatro hombres y una mujer–, todos en torno a la proverbial “media rueda” de los cincuenta, no para volver a la isla jónica del poema de Homero sino para desgranar sin proponérselo un inventario doloroso, un listado minucioso e implacable de otra isla de sueños insatisfechos. Cantet y Padura convidan a sus protagonistas a una azotea de La Habana Vieja donde bailan con familiar sensualidad y hablan con el mayor desenfado. Allí comparten recuerdos desromantizados e intentan exorcizar lo que un día fueron bajo el influjo de una generalizada sensación de agobio.

Heréticos de las mitologías que los nutrieron en otros tiempos, los personajes de Padura abjuran ahora de lo que un día fuera el credo oficial. De ese modo, no sin gran valentía, encarnan una suerte de entropía carnotiana que es peor que el fracaso o la derrota ya que parece significar una inevitable extinción de toda energía. Pero aún están vivos. Lo están.
Durante 91 minutos de diálogos sin temor ni rubor, a ratos hilarantes, Tania, Rafa, Aldo, Amadeo y Eddy nos conminan a caminar con ellos por el intrincado mapa de desengaños compartidos. Entre sus múltiples lecturas se desprende también la de filme-espejo –película que nos interroga– en el decir de Alain Resnais. Sin cafés propicios a la expansión verbal, sin esa mesa favorita o un banco en un parque donde ir a descargar sin que nadie les calle o les espíe, estos amigos a prueba de todo instalan en esta azotea, con vista del Malecón en el fondo, el ágora de sus desventuras.

Primo Levi nos cuenta cómo sobrevivió a Auschwitz recordando el Canto de Ulises de La Divina Comedia de Dante. El amor, la amistad y la belleza del arte vuelven a ser validados aquí como la única ideología decente dada al hombre –la que consigue otorgar un mínimo de sentido a la vida– hasta, y sobre todo, en sus momentos más agrios: los horrores de un experimento social que se vieron obligados a vivir son desmontados aquí con precisión, ironía y humor hasta despojar a la Historia de su inmerecida mayúscula. En la Praga de 1967, Milan Kundera afirmó que La broma era una novela de amor. Casi 50 años después Leonardo Padura parece decir algo similar sobre esta cruda película.

Consecuente con su propuesta universal, el autor acierta al conseguir la ruptura que se logra únicamente a través de la función del arte sin agenda manipuladora ni intermediarios designados, de tal modo que su argumento constituye una provocadora indagación sobre el sentido trágico de la vida.

Sin embargo, sería ilusorio tratar de desentenderse de su central, reveladora y urticante dimensión cubana. Estamos ante una película cubana, nadie lo dude. No habría que recurrir a utilizaciones partidistas para entender la declaración moral que hay en ella: una última declaración de La Habana, todo un manifiesto de la azotea, una sobrecogedora letanía de profunda tristeza tropical.

Un breve repaso de cómo se ensambla el reparto de Cantet nos adentra en la química de seducción que la naturaleza confiere a unos escasos actores. Esa seducción es también la convicción que les hace capaces de entregar magníficas actuaciones personales, además de una integración sin costuras al discurso coral, destinado entonces a culminar en una mise-en-scène cómplice y deliciosa. Es como si hablaran de ellos mismos.
Ácido en su luto por lo que no fue, el filme nos castiga y nos premia al presentarnos y ayudarnos a entender a los mártires en vida de un proyecto fallido Tania, de evocador nombre de guerrillera idealista, es una oftalmóloga separada de sus dos hijos fuera del país y frustrada por sus carencias:

“Quiero morirme a veces, pero ¿sabes lo peor qué es?, que no te mueres y sigues aquí”. Rafa es el sofisticado pintor de carrera truncada: nadó contra la corriente y siempre fue visto como alguien “ideológicamente penetrado”. Lo dice en sus propias palabras: “Me hice alcohólico por miedo”. Aldo, el único negro del grupo, es quizás el menos contaminado. Orgulloso de haber combatido en Angola, preferiría olvidar el tráfico ilícito de marfil, diamantes y maderas preciosas. Así dice: “Queríamos creer y nos metieron el miedo en la sangre”. Eddy, escritor transmutado en el tipo de buscavidas al que en el argot de la isla llaman un maceta, se ajusta sus RayBan, exhibe su celular de última edición y, al escuchar las procacidades que emanan del vecindario, remata con humor: “¡Está hablando la voz del pueblo más culto del mundo!”. Y Amadeo, el escritor bloqueado que regresa a la isla tras 16 años de exilio y se convierte en el motivo que los reúne y asombra: ha venido a quedarse porque quiere volver a escribir.
 
Para el escéptico que pueda entrever en este deseo de Amadeo una coartada política del narrador, he aquí una oportunidad impostergable de acercarse al más desgarrador filme cubano sobre el desencanto colectivo. La función es doble si se tiene en cuenta el poderoso subtexto del relato que constituye su reveladora exposición de ese espinoso arte de posponer la felicidad propia en nombre de una supuesta felicidad común –arte en el que los cubanos han sido artistas.
Ácido en su luto por lo que no fue, el filme nos castiga y nos premia al presentarnos y ayudarnos a entender a los mártires en vida de un proyecto fallido. ¿Cuántas películas consiguen infundir tenebrosidad y pavor al hablar de un personaje invisible como Gladys a quien ni siquiera vemos en pantalla? Pero, por encima de todo, los personajes son auténticos sobrevivientes que ríen o lloran a sus anchas al recordar a Otto, el de la moto, o cuando fueron a escuchar a Serrat al Parque Lenin, o cómo las mejores fiestas de La Habana se aguaron por falta de hielo. Con dolor, se refieren a la época “en que queríamos cambiar el mundo”. Con melancolía, citan a los prohibidos Guillermo Cabrera Infante o Mario Vargas Llosa. O cuadros que no pintaron o libros que no llegaron a escribir.

Dura hasta el tuétano, así es la historia que nos cuenta Padura, en la que al optimismo sólo le queda vestirse de amistad. California Dreaming los junta en un abrazo que es un lento vals de amor conciliador, y el No me platiques más de Bola de Nieve resulta útil para implorar por que no exista el pasado. Padura y sus cómplices –Jorge Perugorría, Isabel Santos, Fernando Hechavarría, Pedro Julio Díaz Ferrán y Néstor Jiménez– nos recuerdan el tiempo difícil que les tocó vivir, la época en que pensaban que todo lo que les estaba pasando era normal. Ellos saben que la palabra futilidad no aparece en los manuales de marxismo. Son gente que sabe cómo luce un unicornio azul.

Jorge Ulla, Cineasta premiado. Entre sus películas está ‘Nadie escuchaba’, realizada junto con Néstor Almendros.

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