martes, 17 de noviembre de 2015

La Marsellesa, el himno de Francia para todos los tiempos


El Timbeke reproduce este formidable trabajo escrito por César Cervera, que publica en la edición de este martes 17 de noviembre el diario español ABC.


Mientras evacuaban el estadio de Saint-Denis el pasado viernes, en medio del terror que asoló París, un grupo de aficionados aún tuvo ánimos de cantar La Marsellesa, que, junto al «God Save the Queen» («Dios salve a la Reina»), de Inglaterra, y el «The Star-Spangled Banner» («La bandera tachonada de estrellas»), de EE.UU, pasan por ser los himnos nacionales más emblemáticos de hoy en día. El himno francés ha sobrevivido al paso de los siglos y al de regímenes hostiles –como el napoleónico o el de Vichy–, que intentaron sustituirlo a causa precisamente de su carácter revolucionario y de su belicosa letra. «¡Vienen hasta vosotros a degollar a vuestros hijos y vuestras esposas! ¡A las armas, ciudadanos! ¡Formad vuestros batallones! ¡Marchemos, marchemos! ¡Que una sangre impura inunde nuestros surcos!», reza el estribillo de La Marsellesa, que vale para advertir tanto entonces a los enemigos austríacos como a los terroristas islamistas ahora.

En la película estadounidense «Casablanca» (1942), el local nocturno de Rick Blaine (Humphrey Bogart) vive un duelo de himnos entre un pequeño grupo de alemanes que canta «Die Wacht am Rhein» (El guardia sobre el río Rín), acompañados de un piano, y un numeroso grupo de franceses que termina imponiendo su melodía nacional, por entonces prohibida en Francia. «Toquen la Marsellesa», reclama uno de los personajes a la orquesta, antes de que las voces francesas se coman por completo a las alemanas. Y es que resulta difícil vencer al peso histórico de una canción que nació en tiempos bélicos. El actual himno francés fue escrito y compuesto el 25 de abril de 1792 por el poeta, músico y capitán de ingenieros Joseph Rouget de Lisle, destinado en el batallón «Enfants de la patrie» de Estrasburgo.

En ese momento, Francia estaba inmersa en una guerra contra Austria y otras potencias europeas que exigían la liberación de los Reyes de Francia y poner punto final a la Revolución. Leopoldo II, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, fue el enemigo más visible en estas primeras fases del conflicto, puesto que temía la posible expansión de la revolución francesa a sus territorios y porque en el fondo velaba por el bienestar de su hermana, María Antonieta, la reina de Francia que había sido depuesta del trono. A pesar de ello, se opuso en un principio a una intervención armada en Francia y tuvieron que ser los propios revolucionarios quienes le declararan la guerra.

Las tropas marsellesas que llegaron a París

El día 24 de abril, el alcalde de Estrasburgo convocó a varios oficiales, entre ellos a Rouget de Lisle, para levantar la moral de las tropas con iniciativas tales como componer un himno patriótico para el ejército del Rhin. Rouget escribió la letra y compuso la canción, inspirándose en un cartel que había visto en la calle con la proclama «Aux armes, citoyens!» («¡Ciudadanos, a las armas!»), la cual tituló como «Chant de guerre pour l'armée du Rhin» («Canto de guerra para el ejército del Rin»). En poco tiempo, el himno adquirió gran difusión entre los soldados y, en julio de 1792, alcanzó París gracias a los voluntarios marselleses que lo entonaron por las calles de la capital cuando acudían en su defensa. De ahí viene su nombre.

La letra de la Marsellesa, uno de los primeros himnos que no nombra a Dios, está repleta de amenazas explícitas («Temblad, tiranos, y vosotros, pérfidos, oprobio de todos los partidos, ¡temblad! ¡Vuestros planes parricidas recibirán por fin su merecido!») contra los enemigos del país, así como de referencias antimonárquicas. Es por esta razón que, pese a que en un principio Napoleón Bonaparte recurrió a ella dentro del aparato propagandístico que le llevó a la cabeza de Francia, prohibió su uso durante la etapa del Imperio.

Rouget de Lisle canta La Marsellesa por primera vez.
Rouget de Lisle canta La Marsellesa por primera vez.
Precisamente a Napoleón se le atribuye la cita más famosa sobre el himno: «Esta música nos ahorrará muchos cañones». Entre prohibiciones y el olvido, la Marsellesa vivió momentos complicados también durante la Restauración, al igual que su autor. Rouget de Lisle fue encarcelado durante el periodo de la Revolución francesa conocido como El Régimen del Terror y condenado a muerte. Se dice que se libró por ser precisamente el autor del himno patriótico. Tras combatir en Vendée, abandonó el ejército en 1796 y vivió sin apenas ingresos en Lons-le-Saunier. Luis Felipe I le concedió una pequeña pensión correspondiente a la Legión de Honor.
La Marsellesa es una de las canciones más mencionadas en los informes policiales de la Revolución francesa
Además de La Marsellesa, que ha tenido distintas letras y ritmos a lo largo de los años, convivieron en el mismo periodo histórico otras canciones de corte revolucionario. Una de las más famosas es «La Carmagnole», especialmente popular durante el Reinado del Terror. La canción fue introducida por las tropas que regresaban de Italia durante la Revolución y tiene como claros destinatarios a María Antonieta y al rey Luis XVI de Francia. Otra melodía que gozó de mucha fama fue «la Ça Ira», una canción popular cuya letra fue modificada tras la toma de la Bastilla. Su contenido es mucho más violento que la Marsellesa y «La Carmagnole», con amenazas de muerte y de tortura a los aristocratas y a los reyes incluidas.

Un símbolo de la revolución mundial abucheado

La Marsellesa fue rehabilitado por la Revolución de 1830, pero hasta la Tercera República (1879) no adquirió la consideración de himno oficial. Más tarde fue también prohibida por el Régimen de Vichy, bajo la influencia de los nazis, puesto que a esas alturas era un himno no solamente vinculado a los revolucionarios franceses o a la Resistencia, sino a todos los movimientos obreros del mundo. Entre las canciones populares entonadas durante la Revolución rusa de 1917, la Marsellesa es una de las más mencionadas tanto en los informes policiales como en las crónicas de los escritores contemporáneos.
E.N. Burdzhalov, el primer historiador de la Revolución de Febrero, afirmó que la victoria de la revolución llevaba de fondo el ritmo de la Marsellesa. No obstante, como ocurría en la propia Francia, los rusos adaptaron la melodía, el ritmo y su letra a sus circunstancias políticas. Mientras la Marsellesa original era una declaración de la unidad nacional, «la Marsellesa de los Obreros» era una canción de protesta social, que apelaba a la clase trabajadora y a la gente hambrienta con un tono aún más agresivo: «¡A por los parásitos, los perros, los ricos! Sí. Y el malvado Zar-vampiro! ¡Matad y destrozadles, los viles puercos!».
Toma del palacio de las Tullerías en 1793.
Toma del palacio de las Tullerías en 1793.- Wikimedia
A principios del siglo XXI pareció que el aura de canción respetada por todos e inmune a los partidismos abandonaba la Marsellesa al fin. Distintos ataques al himno nacional a través de abucheos y desprecios en el ámbito deportiva abrieron un profundo debate en la sociedad francesa sobre lo qúe estaba fallando. Ocurrió primero en el 2002, antes del comienzo de la final de la Copa en el Estadio de Francia entre el Lorient y el Bastia, un equipo de la región nacionalista de Córcega, se registraron varios desprecios a los símbolos nacionales. Algo que se repitió también en varios partidos internacionales. Así, en 2001,el himno fue pitado con ocasión de un amistoso entre las selecciones francesas y argelinas y el partido tuvo que ser suspendido en el minuto 75 cuando aficionados del país africano invadieron el césped.

Como ministro del Interior, Sarkozy impulsó la Ley de Programación para la Seguridad Interior (Lopsi), que creó en 2003 el delito de ultraje a la bandera y al himno nacional franceses, sancionándolos con penas de hasta seis meses de prisión y 7.500 euros de multa. Asimismo, Nicolas Sarkozy estableció, ya como presidente, que si se pita el himno frente al combinado nacional, los miembros del gobierno deben abandonar el estadio, el árbitro suspender el partido y el gobierno anular todos los encuentros amistosos contra el país rival durante un periodo de tiempo por determinar.

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