sábado, 5 de diciembre de 2015

El drama de los cubanos atrapados en Obaldía



El sueñoamericano no tiene ley, es el título de un extenso y revelador reportaje escrito por los periodistas, Luis Bellini y Luis Burón-Barahona, publicado el 4 de diciembre en el diario panameño La Prensa, que hoy reproduce El Timbeke.


Gracias a los colegas que describieron este drama cubano, que nos obliga a cuestionarnos, una y otra vez, por qué escapan los cubanos de su isla. ¿Es tanta la miseria y la desesperanza que ha castrado incluso la voluntad de cambiar el destino de la nación, en lugar de arriesgar la vida por selvas, mares y montañas para alojarse en tierra ajena? Dejo sin respuesta estas preguntas.


El destino de un joven cubano de unos 30 años pende de una llamada telefónica. Sale iracundo entre el montón de gente que rodea la esquina del cibercafé. Mira al suelo enlodado, da vueltas y vueltas sin parar.
 “Depende de ti y de mi hermana que yo salga de aquí. Necesito al menos 300 pesos [dólares] para el avión. Tengo tiempo hasta las 6:00 de la tarde, si no me cierran la cuenta”, implora a su interlocutor. “Te llamo 12:30 a tu trabajo con el código de la cuenta. No te despegues del teléfono”.

Él es uno de los casi mil 400 cubanos que esperan en Puerto Obaldía, comarca Guna Yala, para continuar su viaje hacia Estados Unidos (EU). Llevan varados días y semanas en la última esquina del istmo de Panamá, allí donde solo se puede llegar por avioneta o en complicadas rutas en lancha, donde ni siquiera Google Maps sabe cómo llegar.

En junio de 2008, el presidente ecuatoriano Rafael Correa eliminó el visado a los cubanos. Desde entonces, miles de isleños han utilizado Quito como punto de partida para su travesía por tierra en busca del “sueño americano”.
Tras el restablecimiento de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba a finales de 2014, los caribeños aumentaron el uso de esta ruta de escape al suponer que la nueva realidad diplomática pondrá fin a la política de “pies secos-pies mojados”, que permite solicitar asilo a todo cubano que logre pisar suelo estadounidense.

De Quito parten hacia Colombia. Comienzan en Cali, luego siguen a Medellín, Turbo y Necoclí, donde toman una lancha hasta La Miel, en territorio panameño. De ahí algunos toman otra embarcación, pero la mayoría camina a través de un cerro empinado hasta su próxima parada: cuatro días y cerca de $3 mil después llegan a Puerto Obaldía.

Hasta el año pasado, la población de Puerto Obaldía era poco menos de 500 personas. Con la llegada de los cubanos, la cifra casi que se cuadruplicó.
La multitud desentona por completo con la infraestructura del lugar. El pueblo no tiene siquiera una calle: su recorrido se compone de unas cuantas veredas, algunas con mosaico, otras de tierra. No hay baños públicos, la mayoría de casas son de quincha, las aves de corral se pasean con autoridad por doquier, no hay hoteles ni restaurantes. Mucho menos autos o motos.



El único lugar donde pueden obtener algo de higiene es la quebrada, que les sirve para bañarse, lavar la ropa y hacer sus necesidades a los que no consiguieron un cuarto, que son la mayoría.
El parque y la cancha de baloncesto están atestados de cartones, bolsas negras de basura y colchones inflables, que utilizan los isleños como su habitación temporal.

“Estamos estresados, durmiendo en el piso. No hay un baño, no hay nada. Aquí no hay nada, toda la comida carísima, todo. No, nosotros no peleamos. A veces reclamamos los derechos de nosotros... que no tenemos derecho porque no es nuestro país”, reclama Carlos, de 36 años.

El ambiente confirma los testimonios. En el aire hay una mezcla de olor a fogón y berrinche, ensalzados por la humedad pegajosa.

“Ellos [los cubanos] se bañan en el río y hacen sus necesidades por allá, por ende todo eso ha traído que el agua no sea como antes. Ya hicimos una reunión y se van a tomar medidas en eso: los policías evitarán que ellos crucen al río donde está la toma de agua”, asegura el médico Norberto Villalaz, un joven guna de unos 30 años.



La situación ha provocado, según cuenta el doctor, casos aislados de gripe y lesiones dermatológicas, además de episodios de malaria que han contraído los emigrantes en su paso por la selva de Colombia.
Según Villalaz, en la mañana de ayer, jueves, debía llegar una barcaza preparada por el Ministerio de Salud con 50 baños portátiles y 2 plantas de tratamiento de agua, además de medicamentos básicos. Pero no llegó. “Si no viene hoy, viene mañana”, recalca el médico.

Los cubanos, sin embargo, opinan distinto. “Nos han engañado con lo del barco. El barco no llega nunca. Lo que quieren es que la gente gaste el dinero que tiene”, dijo un hombre de unos 40 años que prefirió no dar su nombre.

Los emigrantes sienten vivir en una realidad distorsionada de sobreprecios de alimentos y transporte, retenciones de documentos y falsas promesas. El “sueño americano” se les resbala entre la humedad de la selva.

Al llegar a La Miel, las autoridades panameñas retienen los pasaportes de todos los cubanos. En teoría, el trámite de ingreso al país dura uno o dos días. Así lo confirmó a este medio el supervisor del Servicio Nacional de Migración en Puerto Obaldía, Rafael Araúz.

Sin embargo, hay cubanos que han permanecido en el pueblo costero hasta por 16 días –y más–, porque las autoridades les retienen sus documentos. Y mientras más días en Puerto Obaldía, más dinero deben gastar; sobre todo en alimentación.

Por ejemplo, una lata de refresco cuesta $1.50 a los cubanos; $1 a los panameños. Este criterio se aplica a todos los productos: una botella de agua cuesta $1, un frasco pequeño de mayonesa $2, y una bolsa de una libra de arroz $2.

Los precios de los pasajes también aumentaron. Para salir en lancha hacia Cartí y luego tomar un bus hacia Chepo cuesta $200. El miércoles pasado, por ejemplo, se fueron 110 personas. Es decir, los lancheros amasaron en un solo día un botín de $22 mil.

Por aire partieron del pueblo ese mismo miércoles 135 personas. A $275 por pasaje a cubanos, fueron $37 mil. Los panameños, en cambio, pagan $75 menos.

Al quedarse sin dinero, los cubanos quedan obligados a llamar a alguno de sus familiares o amigos para que les transfieran dinero. Su destino pende de una llamada telefónica.

Con sus documentos retenidos, deben confiar en extraños locales para que les reciban el dinero. Hay dos caminos: que les cobren el 20% del envío, o que simplemente desaparezcan con la plata. Bajo la ley de la selva, todo vale.

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